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No pues, no somos modernos

Muchas veces la ceguera nos hace vivir en la ensoñación de imaginarnos distintos, de sentirnos distintos. La realidad nos aplasta y nos muestra nuestras propias inconsistencias.

"Dime, creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos. Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven" 

José Saramago. Ensayo sobre la ceguera, p. 243

Publicado: 2021-04-18

La epidemia de la ceguera blanca comenzó a atacar a las personas mostrando los límites y abismos de la sociedad y las conductas deplorables de las personas. Los atacados no quedaban en la oscuridad, sino con una sola mirada en blanco. Comienza atacando a un hombre en la calle de manera inexplicable, sigue con una cuarentena en un manicomio. La reclusión expone a los personajes a las conductas más deplorables exponiendo y cuestionando la propia civilidad, modernidad de la sociedad. Volví a leer el Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, para pensar nuestra propia ceguera con ensoñaciones y prisiones.

La fotografía de un Fernando Belaunde Terry con rostro cansado trepado en un caballo acercándose a las pampas altas de Huanca Sancos estaba colgada en la Municipalidad de Lucanamarca. Una foto antigua que daba cuenta del primer gobierno de Belaunde y su interés en llevar adelante una reforma agraria. Desde ahí era posible pensar que antes de Sendero Luminoso, esta región tuvo una vital discusión política -algo que incluso algunos autores discutieron y no vieron cuando apareció Sendero Luminoso en 1980. Sin embargo, el trabajo magnifico de Jayme Patricia Heilman mostró con mucha documentación una discusión política importante en partes del norte y centro de Ayacucho. Nuestro libro con Ximena Málaga Sabogal[*] próximo a ser publicado, presenta precisamente a un nivel micro una serie de debates políticos, rotación de cargos y una élite muy interesada en mantenerse siempre en “cargos” en Huanca Sancos. Muchas veces estas historias locales quedan en el segmento de “historias regionales”, incluso pasan a ser vistas como trabajos clásicos sobre las relaciones entre comunidades o sociedad y Estado.

Los años de violencia trajeron no solo sangre y dolor, sino también tremendas injusticias que seguimos sin resolver. Disculpen mi insistencia en que somos una sociedad de posguerra que nunca se hizo cargo de sus propios traumas y tampoco de sus propios delitos de lesa humanidad. Sobre estos dolores y padecimientos crónicos, el Estado del gobierno fujimorista asumió la mano “más dura” de la represión sin igual a la par de ir configurando un Estado más interesado en dejar espacio a la emergencia del “modelo”. El Estado se volvió gestor que arribó a zonas de emergencia con programas sociales focalizando y priorizando necesidades y personas. No todos comenzaron a beneficiarse de los programas sociales, sino que por focalización fuimos asumiendo caracterizaciones, prioridades, fuimos poco a poco perdiendo también instancias de derechos. A la par, vimos que el miedo se instaló desde el gobierno central y los grupos más rancios del conservadurismo local, como estrategia política utilizaron el miedo y los medios para aplastar y comprar competidores. En resumen, el fujimorismo creó un sistema clientelista con profundas redes de corrupción. No quiero decir, que antes no hayan existido estas, sino que más bien acabaron siendo legitimadas como parte de la cultura política. Esto lo vimos de forma explícita en la elección, por ejemplo, de Luis Castañeda a la Municipalidad de Lima -sabiendo que había sido denunciado por corrupción, se prefirió el “roba, pero hace obra”.

El gobierno de Fujimori con su lema de Trabajo, Honradez y Tecnología llegó priorizando la tecnocracia, sobre la cual se ha escrito ya en extenso, y el desvinculamiento con la política. Vale ser gestor y técnico, mostrar eficiencia y eficacia en la gestión de programas, antes que pensar que, a través de esa despolitización, se creó una forma de quehacer político. La ceguera “blanca” se volvió pandémica antes que el coronavirus, colocó y destacó un sector social sobre otros y voluntades políticas que no incomodaban sobre otras. La proscripción a la disidencia, ese terruqueo persistente a todo lo que podría no comprenderse, se colocó como bandera de algunos. Se apeló a una generación y su propia experiencia de vida, la mía, por ejemplo. Ese fantasma terrorista ha sido levantado cada vez que hemos tenido elecciones o algún conflicto social, evidenciando la gobernanza colonial que, en pleno siglo XXI, aún se encuentra presente. En ese lenguaje común de que lo nuestro es nuestro y no de nadie más, todo lo que aparecía por fuera fue llamado “outsider”. Nuestra historia política electoral desde el año 1990 está llena de “outsiders”, de políticos que destacaron precisamente por salirse de “cánones” dominantes o subir en encuestas durante las últimas semanas. No son “modas” como leí por ahí, son tendencias históricas que describen procesos sociales más complejos. Cualquiera en realidad encaja en esa definición de “outsider” porque basta que no correspondas en términos de clase, raza o pensamiento, para que la categoría se te ciña. Las historias de alineación y las hojas de ruta vinieron después de las elecciones. La entelequia llamada “sistema” o “modelo” fue defendida desde medios, centros de producción de conocimiento, léase poder, y hasta voceros y voceras de opinión. Por ello ahora saludo que politólogos como Alberto Vergara cuestionen el modelo, cuando antes solo repetía el mantra del centro y el modelo.

El modelo hizo agua por todos lados con la pandemia del coronavirus. La desigualdad, la precariedad institucional del Estado, la inoperancia de los propios programas sociales, deberían habernos llamado a salir a protestar, a pedir por la recuperación del Estado en términos de los dos pilares básicos, que son salud y educación.

Negar hoy la política que no vemos y que ocurre en regiones, en espacios municipales, las redes y alianzas locales, es parte de la ceguera blanca permanente. En Lima algunos piensan que se ha llegado al “Fin de la Historia”, pero las regiones (como muchas partes de Lima) nos muestran que la política es un espacio vibrante, vivo, de disputa, pero también lamentablemente de lucha por la sobrevivencia cotidiana que en tiempos pandémicos se agrava. Insistimos en los mismos interlocutores en medios sin dar oportunidad, por ejemplo, de multiplicar las voces y abrirnos a escuchar y conocer qué pasa más allá de Lima.

La ceguera blanca además permanece como los propios algoritmos de las redes sociales, nos hace ver solamente a quienes son parte de nuestras propias burbujas. No pues, la política no solo transita a través de esos algoritmos y pasillos digitales, ni se hace solo a través de Twitter. La brecha digital es real y al mismo tiempo nos debe llevar a conocer cuáles son más bien las redes sociales o medios más usados y no pues, no son precisamente como opinólogos y opinólogas de Twitter o Facebook piensan. Prueba de ello es que incluso en el mundo digital, esos peruanos y peruanas que ahora descubrimos y nos sorprenden, tienen presencia en las redes, pero en otros círculos alejados por los propios y persistentes algoritmos cual históricas fracturas. ¡No nos encontramos ni en las redes! No los vimos, porque aún en eso, replicamos y reproducimos los patrones de relacionamiento y convivencia que, en el mundo “real” preñan de la toxicidad de la exclusión, a nuestra comunidad política. Es cierto, la gente en medios parece que no hacen bien su tarea o que la flojera les gana y por ello, tienden más bien, a seguir a sus opinólogos favoritos en Twitter, que luego invitan a sus programas y en realidad lo que hacen es reproducir formas de dominación.

Pensemos en términos de memoria y ensanchemos la mirada. Las memorias no transitan solo por canales escritos, está el arte, la música, la oralidad, el cine, el testimonio, los recuerdos insertos en rituales y en fiestas, por decir algunos. La política transita más allá de esos medios y redes sociales. Partidos como vientres de alquiler, movimientos políticos dinámicos, propuestas distintas que vemos también en movimientos indígenas, por ejemplo. La política y su quehacer la encontramos en grupos de WhatsApp y como la propia memoria por muchos caminos distintos y comunes, como son el “casa a casa”, la radio, el “boca a oreja”. Es tiempo de sacarnos las anteojeras, de ir más allá de etnocentrismos y formas instaladas de pensar la política. Hay una política más allá, una política que apela a formas muy clásicas y que también va más allá. Muchas veces la ceguera nos hace vivir en la ensoñación de imaginarnos distintos, de sentirnos distintos. La realidad nos aplasta y nos muestra nuestras propias inconsistencias. El centro y la tecnocracia “sin política” son formas de hacer política que nos llevan al conservadurismo e irremediablemente a ocultar una discusión inevitable en el presente que es sobre el poder que, en el Perú es uno de nuestros más grandes yerros históricos. La ensoñación del cambio, queda como parte de nuestro imaginario por soñarnos con una agenda social más amplia y que vemos hoy en peligro. No pues, no somos modernos.


Notas:

El título del artículo es en alusión al Ensayo sobre la Ceguera, de José Saramago, con Nunca fuimos modernos, de Bruno Latour. Agradezco a Alberto Ñiquen por motivarme a escribir y la lectura del borrador de este texto a Diego Palacios y Emilio Salcedo.

[*] María Eugenia Ulfe y Ximena Málaga Sabogal (2021), Reparando Mundos: Víctimas y Estado en los Andes Peruanos. Lima: Fondo Editorial PUCP (en prensa). 


(Ilustración: https://imgflip.com/)

 


Escrito por

María Eugenia Ulfe

Profesora principal en Antropología en el departamento de Ciencias Sociales de la PUCP.


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